la primera, la tercera después de la segunda, y así sucesivamente en orden, hasta la última después de las demás, y el silencio después de la última. De donde se deduce con total claridad y evidencia que el movimiento de una criatura la expresó, temporal ella misma, sirviendo a Tu voluntad eterna. Y estas Tus palabras, creadas por un tiempo, las transmitió el oído exterior al alma inteligente, cuyo oído interior permanecía escuchando a Tu Palabra Eterna. Mas ella comparó estas palabras que sonaban en el tiempo con Tu Palabra Eterna en silencio, y dijo: «Es diferente, muy diferente. Estas palabras están muy por debajo de mí, ni son, porque huyen y pasan; mas la Palabra de mi Señor permanece sobre mí eternamente». Si entonces, mediante palabras que suenan y pasan, dijiste que el cielo y la tierra fuesen hechos, y así hiciste el cielo y la tierra, existía una criatura corpórea antes que el cielo y la tierra, por cuyos movimientos en el tiempo dicha voz pudo tener su curso en el tiempo. Pero no había nada corpóreo antes que el cielo y la tierra; o si lo había, sin duda Tú habías creado, sin semejante voz pasajera, aquello de lo cual hacer esta voz pasajera para decir con ella: Hágase el cielo y la tierra. Pues cualquier cosa que fuese aquello de lo cual se hizo tal voz, a no ser que por Ti hubiese sido hecha, de ningún modo podría ser. ¿Por qué Palabra, pues, hablaste para que fuera hecho un cuerpo por el cual fueran hechas de nuevo estas palabras?
Nos llamas entonces a comprender la Palabra, Dios, contigo Dios, que es dicha eternamente, y por Ella son todas las cosas dichas eternamente. Porque lo que fue dicho no fue dicho sucesivamente, terminada una cosa para que la siguiente fuese dicha, sino todas las cosas a la vez y eternamente. De otro modo tendríamos tiempo y cambio; y no una verdadera eternidad ni una verdadera inmortalidad.