¡Oh, hijos de los hombres, cuán tardos de corazón! ¿Acaso ahora, después del descenso de la Vida hacia vosotros, no queréis ascender y vivir? Mas ¿adónde ascendéis, cuando estáis en alto, y abrís vuestra boca contra los cielos? Descended, para que podáis ascender, y ascended a Dios. Pues habéis caído, al ascender contra Él.
Diles esto, para que lloren en el valle de lágrimas, y así llévalos contigo hacia Dios; porque de Su espíritu les hablas así, si hablas, ardiendo con el fuego de la caridad.
Estas cosas entonces no las sabía, y amaba estas bellezas inferiores, y me hundía hasta las profundidades mismas, y a mis amigos les decía: «¿Acaso amamos alguna cosa que no sea la bella? ¿Qué es entonces lo bello? ¿Y qué es la belleza? ¿Qué es lo que nos atrae y nos gana para las cosas que amamos? Pues a no ser que hubiera en ellas gracia y hermosura, de ninguna manera podrían atraernos hacia sí».
Y observé y advertí que en los cuerpos mismos había una belleza por el hecho de formar una especie de todo, y otra, a su vez, por la conveniente y mutua correspondencia, como la de una parte del cuerpo con su todo, o un zapato con el pie, y cosas semejantes.
Y esta consideración brotó en mi mente, desde lo más hondo de mi corazón, y escribí «de lo bello y lo conveniente», creo, dos o tres libros. Tú lo sabes, Señor, pues se ha borrado de mí; porque no los tengo, sino que se me han extraviado, no sé cómo.
Mas ¿qué me movía, oh Señor Dios mío, a dedicar estos libros a Hierio, orador de Roma, a quien no conocía de vista, mas amaba por la fama de su ciencia, que era eminente en él, y por algunas palabras suyas que había oído, las cuales me agradaron?