porque así como no eres imagen corpórea, ni afecto de un ser viviente (como cuando nos regocijamos, nos condolemos, deseamos, tememos, recordamos, olvidamos o cosas semejantes); así tampoco eres la mente misma; porque tú eres el Señor Dios de la mente; y todo esto cambia, mas tú permaneces inmutable sobre todo, y con todo te has dignado habitar en mi memoria, desde que te aprendí. ¿Y por qué busco ahora en qué lugar de ella habitas, como si hubiese lugares en ella? Cierto estoy de que habitas en ella, puesto que me he acordado de ti desde que te aprendí, y allí te hallo cuando te traigo a la memoria.
¿Dónde, pues, te hallé para aprenderte? Pues no estabas en mi memoria antes de que te aprendiera. ¿Dónde, pues, te hallé para aprenderte, sino en Ti mismo, por encima de mí? Lugar no lo hay; vamos hacia atrás y hacia adelante, y no hay lugar. En todas partes, oh Verdad, atiendes a todos los que te