Señor, puesto que la eternidad es tuya, ¿ignoras lo que te digo? ¿O ves en el tiempo lo que pasa en el tiempo? ¿Por qué expongo entonces ante ti tantas relaciones? No, a la verdad, para que las aprendas por mi medio, sino para excitar mi propia devoción y la de mis lectores hacia ti, para que todos digamos: Grande es el Señor, y digno de toda alabanza. Ya lo he dicho, y lo volveré a decir: por amor a tu amor hago esto. Pues también oramos, y, sin embargo, la Verdad ha dicho: Vuestro Padre sabe de qué tenéis necesidad, antes que se lo pidáis. Son, pues, nuestros afectos los que te manifestamos, confesando nuestras propias miserias y tus misericordias con nosotros, para que nos libres por completo, ya que has comenzado, para que dejemos de ser desgraciados en nosotros mismos y seamos bienaventurados en ti; puesto que nos has llamado a ser pobres de espíritu, y mansos, y afligidos, y hambrientos y sedientos de justicia, y misericordiosos, y limpios de corazón, y pacíficos. He aquí que te he dicho muchas cosas, como he podido y como he querido, porque tú quisiste primero que yo te confesara a ti, mi Señor y Dios. Porque tú eres bueno, porque tu misericordia es eterna.
Mas ¿cómo me bastará la lengua de mi pluma para expresar todas tus exhortaciones, y todos tus terrores, y consuelos y guías, con los cuales me trajiste a predicar tu Palabra y a dispensar tu Sacramento a tu pueblo? Y si me bastare expresarlas en orden, las gotas del tiempo me son preciosas; y hace mucho que ardo en deseos de meditar en tu ley, y confesar en ella a mi ciencia y mi ignorancia, el alba de tu iluminación y las reliquias de mis tinieblas, hasta que la debilidad sea tragada por la fortaleza. Y no querría que otra cosa hurtase aquellas horas que hallo libres de las necesidades de refrescar mi cuerpo y las potencias de mi mente, y del