Mas me descontentaba llevar una vida secular; sí, ahora que mis deseos ya no me inflamaban, como antiguamente, con esperanzas de honor y de ganancia, pesadísima carga era soportar tan dura servidumbre. Pues, en comparación con Tu dulzura y con la hermosura de Tu casa, que amaba, aquellas cosas ya no me deleitaban. Pero aún seguía preso del amor de mujer; ni el Apóstol me prohibía casarme, aunque me aconsejaba algo mejor, deseando principalmente que todos los hombres fuesen como él mismo. Mas yo, que era débil, elegí el lugar más indulgente; y a causa de esto solo, me hallaba zarandeado de un lado para otro en todo lo demás, desfallecido y consumido por agobiantes cuidados, puesto que en otros asuntos me veía obligado a conformarme contra mi voluntad con la vida matrimonial, a la que estaba entregado y sujeto. Había oído de labios de la Verdad que había eunucos que a sí mismos se habían hecho eunucos por causa del reino de los cielos: mas, decía Él, el que pueda recibir esto, que lo reciba. Ciertamente vanos son todos los hombres que ignoran a Dios, y que a partir de los bienes que se ven no pudieron hallar a Aquel que es bueno. Pero yo ya no estaba en esa vanidad; la había superado; y por el testimonio común de todas Tus criaturas Te había hallado a Ti, nuestro Creador, y a Tu Verbo, Dios contigo, y juntamente contigo un solo Dios, por quien creaste todas las cosas. Hay todavía otra clase de impíos, los cuales, conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias. En esto también había caído yo, mas Tu diestra me sostuvo y me sacó de allí, y me pusiste donde pudiese sanar. Porque Tú has dicho al hombre: He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y no queráis parecer sabios; porque los que se afirmaban a sí mismos ser sabios, se hicieron necios. Mas yo había hallado ya la perla preciosa, la cual, vendiendo todo lo que tenía, debiera haber comprado, y titubeaba.
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Libro VIII
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