Mas yo, considerando tus dones, Dios invisible, que infundes en los corazones de tus fieles de donde brotan frutos maravillosos, me regocijaba y te daba gracias, recordando lo que antes sabía, cuán solícita y ansiosa había estado siempre respecto a su sepultura, que se había provisto y preparado junto al cuerpo de su marido.
Pues como habían vivido en gran concordia el uno con la otra, deseaba también (tan poco puede la mente humana abarcar las cosas divinas) añadir esto a aquella felicidad, y que se recordara entre los hombres que, tras su peregrinación de más allá de los mares, se había permitido que lo terrenal de aquella pareja unida fuese reunido bajo la misma tierra.
Mas cuándo había comenzado a cesar en su corazón esta vanidad por la plenitud de tu bondad, no lo sabía, y me regocijaba admirando lo que así me había revelado; aunque en verdad también en aquella conversación nuestra en la ventana, cuando dijo: «¿Qué hago ya aquí?», no se manifestó deseo alguno de morir en su propia patria.
Supe también después que, hallándonos ya en Ostia, conversaba ella un día, con confianza maternal y estando yo ausente, con algunos de mis amigos sobre el menosprecio de esta vida y la bienaventuranza de la muerte; y al asombrarse ellos de tal fortaleza que tú habías dado a una mujer, y preguntarle si no temía dejar su cuerpo tan lejos de su ciudad, respondió: «Nada está lejos de Dios; ni hay que temer que al fin del mundo no reconozca de dónde ha de resucitarme».
El noveno día, pues, de su enfermedad, y el cincuenta y seis de su edad, y el treinta y tres de la mía, fue aquella alma religiosa y santa liberada del cuerpo.