Pero más me agradaba porque agradaba a otros, que lo ensalzaban grandemente, admirados de que de un sirio, instruido primero en la elocuencia griega, se hubiese formado después un maravilloso orador latino y doctísimo en las cosas pertenecientes a la filosofía. Se alaba a uno, y, sin ser visto, es amado: ¿entra este amor en el corazón del que oye por la boca del que alaba? No por cierto. Mas por el que ama es otro encendido. Pues de aquí es amado el que es alabado, cuando se cree que el que alaba lo ensalza con corazón sincero; esto es, cuando lo alaba quien lo ama.
Porque así amaba yo entonces a los hombres, según el juicio de los hombres, y no del tuyo, ¡oh Dios mío!, en quien ningún hombre es engañado. Mas ¿por qué no entonces por cualidades como las de un famoso auriga, o un gladiador combatiente contra las bestias en el teatro, conocido a lo lejos y a lo ancho por una popularidad vulgar, sino de muy otra manera, y seriamente, y de modo que yo mismo fuese alabado? Pues yo no quería ser alabado ni amado como lo son los actores (aunque yo mismo los alababa y amaba), sino que prefería ser desconocido antes que así conocido, e incluso aborrecido antes que así amado. ¿Dónde están ahora depositados en una sola alma los impulsos hacia tan varios y diversos géneros de amores? ¿Por qué, siendo igualmente hombres, amo en otro lo que, si no odiase, no despreciaría ni apartaría de mí? Porque no se cumple que, así como un buen caballo es amado por quien no querría, aunque pudiese, ser ese caballo, se pueda decir lo mismo de un actor, que comparte nuestra naturaleza. ¿Amo entonces en un hombre lo que odio ser, siendo yo hombre?