Pues en aquel peligro no deseaba yo tu bautismo; y estaba mejor de muchacho, cuando se lo supliqué a la piedad de mi madre, como ya antes he recordado y confesado.
Mas yo había crecido para vergüenza mía, y con locura me burlaba de los preceptos de tu medicina, tú que no habrías de permitir que yo, siendo tal, muriera de muerte doble. Con cuya herida, de haberla sufrido el corazón de mi madre, jamás habría podido sanar.
Pues no puedo expresar el afecto que me tenía, y con cuánta más vehemente angustia estaba ella entonces de parto de mí según el espíritu, que en su alumbramiento según la carne.
No veo entonces cómo ella habría sido sanada, de haber herido semejante muerte mía las entrañas de su amor. ¿Y dónde habrían quedado aquellas sus oraciones tan fuertes e incesantes, ininterrumpidas dirigidas a Ti sola? Mas ¿habías de despreciar Tú, Dios de las misericordias, el corazón contrito y humillado de aquella casta y sobria viuda, tan pródiga en limosnas, tan llena de deber y servicio hacia Tus santos, que