Terminadas aquellas vacaciones a la antigua, avisé a los milaneses para que buscasen para sus discípulos a otro maestro que les vendiera palabras; pues yo había decidido ponerme a Tu servicio y, debido a mis dificultades para respirar y al dolor en el pecho, ya no estaba capacitado para la Cátedra.
Y comuniqué por carta a Tu prelado, el varón santo Ambrosio, mis errores pasados y mis deseos presentes, pidiéndole consejo sobre cuál de Tus Escrituras debía leer preferentemente para prepararme y hacerme más apto para recibir tan gran gracia.
Él me recomendó al profeta Isaías: creo que porque, por encima de los demás, es un anunciador más claro del Evangelio y de la vocación de los gentiles. Pero yo, al no entender la primera lección del mismo e imaginar que todo lo demás era semejante, lo dejé de lado, para retomarlo cuando estuviera más ejercitado en las palabras de nuestro propio Señor.
Entonces, llegado el tiempo en que debía dar mi nombre, dejamos el campo y volvimos a Milán. A Alipio también le plugo renacer en Ti conmigo, estando ya revestido de la humildad propia de tus Sacramentos; y era un fortísimo domador del cuerpo, hasta el punto de pisar audazmente, con atrevimiento inusual, el helado suelo de Italia con los pies descalzos. Unimos a nosotros al muchacho Adeodato, nacido según la carne, de mi pecado. Excelentemente lo habías hecho Tú. No tenía aún quince años, y en ingenio superaba a muchos hombres graves y sabios. Confieso a Ti tus dones, Señor Dios mío, Creador de todo, y poderosísimo para reformar nuestras deformidades: pues yo no tenía parte en aquel muchacho, sino el pecado. Que lo criáramos en tu disciplina, fuiste Tú, nadie más, quien nos lo inspiró. Confieso a Ti tus dones.