en la amargura de mi recuerdo. ¡Ojalá los hubiesen oído quienes aún aman la vanidad y buscan la mentira! Quizás se habrían turbado y lo habrían vomitado, y Tú los habrías escuchado cuando Clamasen a Ti; pues con una verdadera muerte en la carne murió por nosotros Aquel que ahora intercede por nosotros ante Ti.
Leí además: Airaos, y no pequéis. Y ¡cómo me conmoví, Dios mío, yo que ya había aprendido a enojarme conmigo mismo por los pecados pasados, para no pecar en el porvenir! Sí, a enojarme justamente; porque no era otra naturaleza de un pueblo de las tinieblas la que pecaba por mí, como dicen aquellos que no se enojan a sí mismos, y atesoran ira para el día de la ira y de la revelación de Tu justo juicio. Ni mis bienes estaban ya fuera, ni se buscaban con los ojos de la carne en aquel sol terreno; porque los que quieren gozar desde fuera pronto se vuelven vanos y se consumen en las cosas visibles y temporales, y en sus pensamientos hambrientos llegan a lamer sus propias sombras.