Hay un libro nuestro titulado El Maestro; es un diálogo entre él y yo. Tú sabes que todo lo allí atribuido a la persona que conversa conmigo eran sus ideas, a los dieciséis años. Mucho más, y aún más admirable, hallé en él. Tal talento me infundía asombro. ¿Y quién sino Tú pudo ser el artífice de tales maravillas? Pronto le arrebataste la vida de la tierra: y ahora le recuerdo sin zozobra, sin temer nada por su infancia o su juventud, ni por todo su ser. A él unimos con nosotros, coetáneo nuestro en la gracia, para ser educado en tu disciplina: y fuimos bautizados, y huyó de nosotros la solicitud por nuestra vida pasada. Ni yo me saciaba en aquellos días de la maravillosa dulzura de contemplar la profundidad de tus designios acerca de la salvación del género humano. ¡Cómo lloré en tus Himnos y Cánticos, conmovido hasta lo más hondo por las voces de tu Iglesia, de dulce acento! Las voces se filtraban en mis oídos, y la Verdad destilaba en mi corazón, de donde brotaban con ímpetu los afectos de mi devoción, y corrían las lágrimas, y era yo feliz en ello.
No hace mucho que la Iglesia de Milán había empezado a usar este género de consolación y exhortación, uniéndose los hermanos con celo y armonía de voces y corazones. Pues hacía un año, o poco más, que Justina, madre del emperador Valentiniano, que era un niño, perseguía a Tu siervo Ambrosio en favor de su herejía, a la que había sido seducida por los arrianos. El pueblo devoto velaba en la iglesia, dispuesto a morir con su obispo, Tu siervo. Allí mi madre, Tu esclava, llevando una parte principal en aquellas zozobras y vigilias, vivía en la oración. Nosotros, aún no calentados por el fuego de Tu Espíritu, nos sentíamos con todo conmovidos por el espectáculo de la ciudad atónita y turbada.