exclamaron a gran voz: «Él nos hizo». Mi interrogatorio era mi atención hacia ellas; y su hermosez era su respuesta. Y me volví hacia mí mismo, y me dije: «¿Quién eres tú?». Y respondí: «Un hombre». Y he aquí que en mí se me presentan el alma y el cuerpo, el uno por fuera, el otro por dentro. ¿Por cuál de ellos debo buscar a mi Dios? Le había buscado en el cuerpo desde la tierra hasta el cielo, hasta donde pude enviar mensajeros, los rayos de mis ojos. Pero el mejor es el interior, pues a él, como a presidente y juez, le rindieron cuenta todos los mensajeros corporales de las respuestas del cielo y de la tierra, y de todas las cosas que en ellos hay, las cuales dijeron: «Nosotras no somos Dios, sino que Él nos hizo». Estas cosas las conoció mi hombre interior por el ministerio del exterior: yo, el interior, las conocí; yo, la mente, a través de los sentidos de mi cuerpo. Pregunté a la mole del universo acerca de mi Dios; y ella me respondió: «Yo no soy Él, sino que Él me hizo».
¿No es esta figura corpórea patente a todos cuyos sentidos son perfectos? ¿Por qué entonces no habla del mismo modo a todos? Los animales pequeños y grandes la ven, pero no pueden interrogarla: porque