Prosigue en tu confesión, dile al Señor tu Dios, oh fe mía, Santo, Santo, Santo, Señor Dios mío, en Tu Nombre hemos sido bautizados, Padre, Hijo y Espíritu Santo; en Tu Nombre bautizamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque también entre nosotros, en Su Cristo hizo Dios el cielo y la tierra, a saber, el pueblo espiritual y el carnal de Su Iglesia.
Sí, y nuestra tierra, antes de recibir la forma de doctrina, era invisible y desordenada; y estábamos cubiertos por las tinieblas de la ignorancia. Pues castigaste al hombre por la iniquidad, y Tus juicios fueron para él como el gran abismo.
Mas porque Tu Espíritu se movía sobre las aguas, Tu misericordia no desamparó nuestra miseria, y dijiste: Hágase la luz, Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Arrepentíos, hágase la luz.
Y porque nuestra alma estaba turbada en nosotros, nos acordamos de Ti, oh Señor, desde la tierra del Jordán, y de aquel monte igual a Ti, mas pequeño por causa nuestra: y nos desagradaron nuestras tinieblas, nos volvimos a Ti y hubo luz. Y, he aquí, en otro tiempo éramos tinieblas, mas ahora luz en el Señor.
Mas todavía por fe y no por vista, porque en esperanza somos salvos; mas la esperanza que se ve, no es esperanza. Todavía llama un abismo a otro abismo, pero ahora en la voz de Tus cataratas. Todavía aquel que dice: «No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales», aun él todavía no se considera a sí mismo como habiendo alcanzado, y olvida lo que queda atrás, y se extiende a lo que está delante, y gime con carga, y su alma tiene sed del Dios Vivo, como el ciervo por las corrientes de las aguas, y dice: «¿Cuándo vendré?», deseando ser revestido de aquella su habitación celestial, y clama a este abismo inferior, diciendo: «No os conforméis a este siglo, mas transformaos por la renovación de vuestro