Mas lo que hacía contra mi voluntad, veía que lo padecía más que lo hacía, y juzgaba que no era mi culpa, sino mi pena; por la cual, sin embargo, teniéndote por justo, prontamente confesaba que no era injustamente castigado.
Mas de nuevo dije: ¿Quién me hizo? ¿No fue acaso mi Dios, que no solo es bueno, sino la bondad misma? ¿De dónde, pues, me vino el querer el mal y no querer el bien, por lo cual soy justamente castigado? ¿Quién puso esto en mí y me injertó esta planta de amargura, habiendo sido yo totalmente formado por mi suavísimo Dios? Si el diablo fue el autor, ¿de dónde procede ese mismo diablo? Y si también él, por su propia voluntad perversa, de ángel bueno se hizo diablo, ¿de dónde vino, de nuevo, en él aquella voluntad mala por la cual se hizo diablo, siendo toda la naturaleza de los ángeles hecha por aquel creador óptimo?
Por estos pensamientos me vi de nuevo hundido y ahogado; mas no abatido hasta aquel infierno de error (donde nadie Te confiesa), de pensar más bien que Tú sufres el mal, que no que lo comete el hombre.
Pues de tal manera me esforzaba yo por hallar el resto, como quien ya había encontrado que lo incorruptible debe ser necesariamente mejor que lo corruptible; y por ello a Ti, fueras lo que fueras, te confesaba incorruptible.
Pues nunca alma alguna ha sido, ni será, capaz de concebir cosa alguna que pueda ser mejor que Tú, que eres el soberano y sumo bien.
Mas puesto que veraz y certeramente lo incorruptible es preferible a lo corruptible (como yo ahora lo prefería), de no ser Tú incorruptible, yo habría podido alcanzar con el pensamiento algo mejor que mi Dios.
Dondequiera pues que vi que lo incorruptible es preferible a lo corruptible, allí debía yo buscarte, y observar allí "en qué consiste el mal mismo"; es decir, de dónde viene la corrupción, por la cual tu sustancia