Descanse, pues, en paz con el marido, antes y después del cual no tuvo ningún otro; al que obedeció, produciendo con paciencia fruto para Ti, para ganarlo también para Ti. E inspira, Señor Dios mío, inspira a tus siervos mis hermanos, a tus hijos mis señores, a quienes sirvo con la voz, el corazón y la pluma, para que cuantos lean estas Confesiones se acuerden en tu altar de Mónica, tu sierva, y de Patricio, que fue su marido, por cuyos cuerpos me trajiste a esta vida, no sé cómo.
Que recuerden con piadoso afecto a mis padres en esta luz pasajera, a mis hermanos bajo Ti, nuestro Padre, en nuestra Madre católica, y a mis conciudadanos en aquella Jerusalén eterna suspirada por tu pueblo peregrino desde su éxodo hasta su regreso. Para que así la última petición que mi madre me hizo sea cumplida más abundantemente en ella, a través de mis confesiones más que de mis oraciones, mediante las oraciones de muchos.