Miremos, Señor, los cielos, obra de tus dedos; aparta de nuestros ojos esa nube que has extendido debajo de ellos. Allí está tu testimonio, que da sabiduría a los pequeños: perfecciona, Dios mío, tu alabanza de la boca de los niños y de los que maman.
Pues no conocemos otros libros que destruyan de tal modo el orgullo, que destruyan de tal modo al enemigo y al defensor, que resiste a tu reconciliación defendiendo sus propios pecados. No conozco, Señor, no conozco otras palabras tan puras, que de tal modo me persuadan a confesar, y ablanden mi cerviz para tu yugo, y me inviten a servirte gratuitamente.
Permíteme que los entienda, buen Padre: concédemelo a mí, que estoy puesto bajo ellos; porque para los puestos bajo ellos los has establecido.
Otras aguas hay por encima de este firmamento, creo que inmortales y separadas de la corrupción terrena. Alaben tu Nombre, alábente a Ti, los pueblos supercelestiales, tus ángeles, que no tienen necesidad de mirar hacia arriba a este firmamento, ni de conocer tu Palabra mediante la lectura. Porque ellos ven siempre tu rostro, y allí leen, sin sílabas en el tiempo, lo que quiere tu voluntad eterna; leen, eligen, aman. Siempre están leyendo; y jamás pasa aquello que leen; pues eligiendo y amando, leen la inmutabilidad misma de tu designio. Su libro nunca se cierra, ni su rollo se pliega; puesto que Tú mismo eres esto para ellos, y lo eres eternamente; porque los has constituido por encima de este firmamento, que afianzaste firmemente sobre la flaqueza del pueblo inferior, para que miraran hacia arriba y conocieran tu misericordia, anunciando en el tiempo a Ti, que hiciste los tiempos.