De estas cosas estaba seguro, mas demasiado inseguro para disfrutar de Ti. Parloteaba como un entendido; mas de no haber buscado Tu camino en Cristo nuestro Salvador, me habría probado, no como entendido, sino como perdido. Pues ahora había comenzado a desear parecer sabio, estando lleno de mi propio castigo, mas no me lamentaba, sino que más bien desdeñaba, engreído con el conocimiento. Porque, ¿dónde estaba aquella caridad que edifica sobre el cimiento de la humildad, que es Cristo Jesús? ¿O cuándo habrían de enseñármela esos libros? Por estas cosas, creo, quisiste por tanto que yo tropezara, antes de estudiar Tus Escrituras, para que quedara impreso en mi memoria cómo fui afectado por ellas; y para que después, cuando mis ánimos fueran domeñados por Tus libros y mis heridas tocadas por Tus dedos sanadores, pudiera discernir y distinguir entre la presunción y la confesión; entre aquellos que veían a dónde debían ir, mas no veían el camino, y el camino que conduce, no solo a contemplar, sino a habitar en la patria bienaventurada. Pues si primero hubiera sido formado en Tus Sagradas Escrituras, y si en el uso familiar de ellas me hubieras resultado dulce, y hubiese tropezado entonces con aquellos otros volúmenes, tal vez me habrían apartado del firme suelo de la piedad, o, de haberme mantenido en aquella saludorable disposición que de allí había bebido, habría podido pensar que esta podía obtenerse mediante el estudio de aquellos libros solamente.
Con cuánto entusiasmo acogí entonces aquel venerable escrito de tu Espíritu, y principalmente al apóstol Pablo. Y de este modo desaparecieron aquellas dificultades en las que antes me parecía que se contradicía a sí mismo, y que el texto de su discurso no concordaba con los testimonios de la Ley y los Profetas. Y el rostro de aquella palabra pura se me apareció uno y el mismo; y aprendí a regocijarme con temor. Así comencé; y cualquier verdad que había leído en aquellos otros libros, la hallé aquí en medio de la alabanza de tu gracia; para que quien ve, no se