Y sin embargo, medimos los tiempos; pero con todo, ni aquellos que aún no son, ni aquellos que ya no son, ni aquellos que no son prolongados por alguna pausa, ni aquellos que no tienen límites. No medimos ni los tiempos futuros, ni los pasados, ni los presentes, ni los que van pasando; y, sin embargo, medimos los tiempos.
"Deus Creator omnium", este verso de ocho sílabas alterna entre sílabas breves y largas. Las cuatro breves entonces —la primera, tercera, quinta y séptima— son simples respecto de las cuatro largas —la segunda, cuarta, sexta y octava—. Cada una de aquellas respecto de cada una de éstas tiene un tiempo doble: yo las pronuncio, doy cuenta de ellas y lo hallo así, tal como el sentido común lo percibe.
Por el sentido común entonces, mido una sílaba larga por una breve, y percibo sensiblemente que tiene el doble; mas cuando una suena tras otra, si la primera es breve y la segunda larga, ¿cómo retendré la breve y cómo, al medir, la aplicaré a la larga para hallar que esta última tiene el doble, dado que la larga no comienza a sonar a menos que la breve deje de hacerlo? ¿Y acaso mido esa misma larga como presente, dado que no la mido hasta que ha concluido?
Ahora bien, su conclusión es su paso. ¿Qué es entonces lo que mido? ¿Dónde está la sílaba breve con la que mido? ¿Dónde la larga que mido? Ambas han sonado, han volado, han pasado, ya no son; y sin embargo mido, y respondo con confianza (en la medida en que se confía en un sentido ejercitado) que, en cuanto al espacio de tiempo, esta sílaba es simple, aquélla doble. Y sin embargo no podría hacer esto a menos que ya hubiesen pasado y concluido. No son entonces ellas mismas, que ya no son, lo que mido, sino algo en mi memoria que permanece allí fijo.
En ti, mente mía, es donde mido los tiempos. No me interrumpas, es decir, no te interrumpas a ti misma con los tumultos de tus impresiones. En ti mido los tiempos; la impresión que las cosas, al pasar, producen en ti, permanece aun cuando ya se han ido; esto es lo que, estando todavía