100 Lib. 2, cap. 62. Se podrá imaginar tal vez que Polibio, al depender de Roma, ensalzaría naturalmente el dominio romano; pero, en primer lugar, Polibio, aunque se aprecien a veces muestras de su cautela, no descubre ningún síntoma de adulación. En segundo lugar, esta opinión se emite únicamente de pasada, en un solo trazo, mientras está atento a otro tema, y se admite que, si hay alguna sospecha de insinceridad por parte de un autor, estas proposiciones oblicuas descubren su verdadera opinión mejor que sus afirmaciones más formales y directas.
101 Debo confesar que ese discurso de Plutarco acerca del silencio de los oráculos es, en general, de una textura tan extraña, y tan poco propia de sus otras producciones, que uno no sabe qué juicio formarse de él. Está escrito en forma de diálogo, un método de composición que a Plutarco por lo común le agrada poco. Los personajes que introduce exponen opiniones muy descabelladas, absurdas y contradictorias, más parecidas a los sistemas visionarios o delirios de Platón que al sensato juicio de Plutarco. Atraviesa también todo ello un aire de superstición y credulidad que se parece muy poco al espíritu que se manifiesta en otras composiciones filosóficas de dicho autor; pues es de destacar que, aunque Plutarco sea un historiador tan supersticioso como Heródoto o Livio, apenas hay en toda la antigüedad un filósofo menos supersticioso, a excepción de Ciclón y Luciano. Debo confesar, por tanto, que un pasaje de Plutarco citado de este discurso tiene mucha menos autoridad para mí que si se hubiera hallado en la mayoría de sus otras composiciones.