había tenido un aspecto más noble y humano.
¿Por qué, entonces, había deseado elevarse por encima de ellos?
Pues le parecía vano y sumamente arrogante intentar mejorar aquella obra anónima de la creación; las labores de aquellas manos desaparecidas. Más valía pasar desapercibido y dejar tras de sí un arco, un cobertizo para macetas, un muro donde maduran los melocotones, que arder como un meteoro y no dejar ni rastro de polvo.
Porque después de todo, dijo, animándose al mirar la gran mansión sobre el prado de abajo, los desconocidos señores y damas que vivían allí nunca se olvidaban de reservar algo para los que vendrían después; para el tejado que goteara; para el árbol que cayera.
Siempre había un rincón cálido para el viejo pastor en la cocina; siempre comida para el hambriento; siempre se bruñían sus copas, aunque yacieran enfermos; y sus ventanas se iluminaban aunque yacieran muriendo.
Señores aunque eran, se conformaban con descender al anonimato junto al cazador de topos y el cantero.