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IV. Orlando

un traje de terciopelo negro ricamente adornado con encaje de Venecia. Estaba un poco pasado de moda, la verdad, pero le sentaba a la perfección y, vestida con él, parecía la viva estampa de un noble lord. Dio un par de vueltas ante el espejo para cerciorarse de que las enaguas no le habían hecho perder la soltura de las piernas y, a continuación, salió furtivamente a la calle.

Era una hermosa noche de principios de abril. Una miríada de estrellas mezcladas con la luz de una luna menguante, reforzada a su vez por las farolas, creaba una luz infinitamente favorecedora para el rostro humano y para la arquitectura del señor Wren.

Todo parecía adoptar su forma más tierna, pero, justo cuando parecía estar a punto de disolverse, alguna gota de plata le devolvía la agudeza con animación.

Así debía ser la charla, pensaba Orlando (dejándose llevar por una vana ensoñación); así debía ser la sociedad, así la amistad, así el amor. Pues, Dios sabe por qué, justo cuando hemos perdido la fe en el trato humano, alguna disposición casual de graneros y árboles o un pajar y un carro nos presentan un símbolo tan perfecto de lo inalcanzable que volvemos a emprender la búsqueda.

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