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I

Era una tarde de una belleza asombrosa. A medida que el sol se ponía, todas las cúpulas, chapiteles, torrecillas y pináculos de Londres se recortaban en una negrura de tinta contra las furiosas nubes rojas del poniente.

Allí estaba la cruz labrada de Charing; allá la cúpula de San Pablo; acullá el macizo cuadrado de los edificios de la Torre; allí, como un bosquecillo de árboles despojados de todas sus hojas salvo por un nudo en el extremo, estaban las cabezas en las picas de Temple Bar.

Ahora las ventanas de la abadía se iluminaban y ardían como un escudo celestial de múltiples colores (según la fantasía de Orlando); ahora todo el oeste parecía una ventana dorada con huestes de ángeles (según la fantasía de Orlando otra vez) subiendo y bajando perpetuamente por las escaleras celestiales.

Todo el tiempo parecía que patinaban sobre profundidades insondables de aire, tan azul se había vuelto el hielo; y tan vítreo y liso era que avanzaban cada vez más deprisa hacia la ciudad, con las gaviotas blancas dando círculos a su alrededor y trazando en el aire con sus alas los mismos arcos que ellos trazaban en el hielo con sus patines.

Sasha, como para tranquilizarlo, se mostró más tierna que de costumbre y aún más encantadora. Rara vez hablaba de su vida pasada, pero ahora le contó cómo, en los inviernos de Rusia, solía escuchar a los lobos aullar por las estepas y, tres veces, para mostrárselo, ladró como un lobo. A lo que él le habló de los ciervos en la nieve de su tierra, y de cómo se adentraban en el gran salón en busca de calor y eran alimentados por un viejo con gachas de un cubo. Y entonces ella lo alabó; por su amor a las bestias; por su hidalguía; por sus piernas. Embelesado por sus alabanzas y avergonzado de pensar cómo la había difamado al imaginarla sobre las rodillas de un marinero raso y

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