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Capítulo II

cuando podría estar cazando al zorro o persiguiendo al ciervo; y hasta las pequeñas lavanderas y fregatinas, las Judys y las Faiths, que pasaban las jarras y los pasteles, alzaban sus vocecillas en testimonio de la hidalguía de Su Señoría; pues jamás hubo caballero más bondadoso, ni más generoso con aquellas piececitas de plata que sirven para comprar una cinta o ponerse un ramillete en el cabello; hasta que incluso la negra a quien llamaban Grace Robinson con el fin de hacer de ella una mujer cristiana, comprendía de qué hablaban, y convenía en que Su Señoría era un caballero apuesto, agradable y encantador del único modo que podía, es decir, mostrando todos sus dientes de golpe en una amplia sonrisa. En resumen, todos sus criados y criadas le tenían en alta estima, y malvificaban a la Princesa extranjera (pero la llamaban con un nombre más grosero que ese) que lo había reducido a tal estado.

Pero aunque probablemente fuera la cobardía, o el amor a la cerveza caliente, lo que llevó al señor Dupper a imaginar a su señoría a salvo entre las tumbas para no tener que ir en su busca, bien pudo ser que el señor Dupper estuviera en lo cierto. Orlando hallaba ahora un extraño deleite en los pensamientos sobre la muerte y la descomposición y, tras recorrer a paso lento las largas galerías y salones con una vela en la mano, contemplando cuadro tras cuadro como si buscase el parecido de alguien a quien no lograba encontrar, subía al palco familiar y se sentaba durante horas a ver cómo se mecían los banderas y la luz de la luna oscilaba, con un murciélago o una esfinge calavera haciéndole compañía.

Ni esto le bastó, sino que tuvo que descender a la cripta donde yacían sus antepasados, ataúd sobre ataúd, durante diez generaciones enteras. El lugar era tan poco visitado que las ratas habían hecho estragos en los trabajos de plomo, y ahora un fémur le enganchaba la capa al pasar, o le estallaba el cráneo a algún viejo Sir Malise al rodar bajo su pie. Era un sepulcro espantoso; excavado profundamente bajo los cimientos de la casa como si el primer señor de la familia, que había venido de

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