«he buscado la felicidad durante muchas edades y no la he hallado; la fama y la he perdido; el amor y no lo he conocido; la vida... y he aquí que la muerte es mejor. He conocido a muchos hombres y a muchas mujeres», prosiguió; «a ninguno he comprendido. Es mejor que yazca aquí en paz, con solo el cielo por encima de mí... tal como me dijo la gitana hace años. Eso fue en Turquía». Y miró fijamente hacia la maravillosa espuma dorada en la que las nubes se habían batido, y al momento siguiente vio en ella un sendero, y camellos que pasaban en fila india por el desierto rocoso entre nubes de polvo rojo; y luego, cuando los camellos hubieron pasado, solo había montañas, altísimas y llenas de grietas y con pináculos de roca, y le pareció oír campanillas de cabras resonando en sus desfiladeros, y en sus pliegues había campos de lirios y gencianas. Así el cielo cambió y sus ojos se fueron bajando despacio, cada vez más, hasta posarse en la tierra oscurecida por la lluvia y ver la gran joroba de los Downs meridionales, fluyendo en una sola ola a lo largo de la costa; y allí donde la tierra se dividía estaba el mar, el mar con barcos que surcaban las aguas; y le pareció oír un cañonazo mar adentro, y pensó primero: «Es la Armada», y luego pensó: «No, es Nelson», y acto seguido recordó cómo aquellas guerras habían terminado y los barcos eran atareados mercantes; y las velas en el río serpenteante eran las de los barcos de recreo. Vio también ganado salpicando los campos oscuros, ovejas y vacas, y vio las luces asomando aquí y allá en las ventanas de las granjas, y linternas moviéndose entre el ganado mientras el pastor hacía su ronda y el vaquero; y luego las luces se apagaron y las estrellas se levantaron y se enredaron por el cielo. En verdad, se estaba quedando dormida con las plumas mojadas en el rostro y el oído pegado a la tierra cuando oyó, en lo más hondo, el golpe de un martillo en un yunque, ¿o era un corazón latiendo? Tic-tac, tic-tac, así martilleaba, así latía, el yunque, o el corazón en el centro de la tierra; hasta que, al escuchar, creyó que se transformaba en el trote de los cascos
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V. La gran nube
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