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nydus/OrlandoPublic
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Capítulo II

sabemos qué es lo próximo que viene, ni qué le sigue. Así, el movimiento más ordinario del mundo, como sentarse a una mesa y acercar hacia uno el tintero, puede agitar mil fragmentos extraños y desconectados, ora brillantes, ora opacos, que cuelgan y flotan, se sumergen y ondean, como la ropa interior de una familia de catorce en un tendedero durante un vendaval. En lugar de ser una obra única, directa y rotunda de la que nadie deba avergonzarse, nuestros actos más comunes están rodeados por un batir y parpadear de alas, un subir y bajar de luces.

Así fue como Orlando, mojando la pluma en el tintero, vio el rostro burlón de la Princesa perdida y se hizo al instante un millón de preguntas que eran como flechas mojadas en hiel.

  • ¿Dónde estaba y por qué lo había abandonado?
  • ¿Era el Embajador su tío o su amante?
  • ¿Habían tramado algo?
  • ¿Fue forzada?
  • ¿Estaba casada?
  • ¿Estaba muerta?, todo lo cual inoculó tal veneno en su interior que, como para desahogar su agonía en alguna parte, hundió la pluma con tanta fuerza en el tintero que la tinta salpicó la mesa, acto que, explíquese como se quiera (y tal vez ninguna explicación sea posible; la Memoria es inexplicable), sustituyó de inmediato el rostro de la Princesa por el de una índole muy distinta.

Pero ¿de quién era?, se preguntó. Y tuvo que esperar, tal vez medio minuto, mirando la nueva imagen que yacía sobre la antigua, tal como una diapositiva se ve a medias a través de la siguiente, antes de poder decirse: «Este es el rostro de aquel hombre bastante gordo y andrajoso que se sentó en el despacho de Twitchett hace tantísimos años, cuando la vieja reina Bess vino a cenar aquí; y yo lo vi», continuó Orlando,

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