chimeneas. Jamás se elaboraría cerveza, ni se harían velas, ni se moldearían sillas de montar, ni se tallaría la piedra en los talleres de fuera de la casa. Los martillos y las mandarrias callaban ahora. Las sillas y las camas estaban vacías; las jarras de plata y oro se hallaban bajo llave en vitrinas de vidrio. Las grandes alas del silencio batían de arriba abajo en la casa vacía.
Así que se sentó al final de la galería con sus perros acurrucados a su alrededor, en el duro sillón de la reina Isabel.
La galería se extendía a lo largo hasta un punto donde la luz casi desaparecía. Era como un túnel excavado en lo más hondo del pasado. Mientras sus ojos escrutaban su interior, podía ver a gente riendo y hablando; a los grandes hombres que había conocido: Dryden, Swift y Pope; y a estadistas en coloquio; y a amantes flirteando en los asientos de las ventanas; y a gente comiendo y bebiendo en las largas mesas; y el humo de la leña enroscándose sobre sus cabezas y haciéndoles estornudar y toser.
Más al fondo aún, vio a grupos de bailarines espléndidos formados para la cuadrilla. Una música flautada, frágil, pero no obstante majestuosa, comenzó a sonar. Un órgano retumbó. Un ataúd fue llevado a la capilla. Una procesión nupcial salió de ella. Hombres armados con cascos partieron hacia las guerras. Trajeron estandartes de vuelta desde Flodden y Poitiers y los colgaron en la pared.
La larga galería se llenaba así, y aun escrutando más lejos, creyó distinguir en el extremo mismo, más allá de los isabelinos y los Tudor, a alguien más anciano, más distante, más oscuro, una figura con capucha, monástica, severa, un monje, que caminaba con las manos juntas y un libro entre ellas, murmurando—
Como un trueno, el reloj de la caballeriza dio las cuatro. Jamás terremoto alguno demolió por completo una ciudad de esa manera. La galería y