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V. La gran nube

Estaba tan cambiada, la suave nube de clavel que antaño cubría su mejilla como la que la tarde cuelga en el cielo, brillando con tono rosado, se había desvanecido en una palidez, rota por rubores vivos y ardientes, antorchas de la tumba, pero aquí, con un movimiento brusco, derramó la tinta sobre la página y la borró de la vista humana, esperaba que para siempre.

Estaba toda temblorosa, hecha un manojo de nervios. No se podía imaginar nada más repulsivo que sentir la tinta fluyendo así en cascadas de involuntaria inspiración. ¿Qué le había pasado? ¿Era la humedad, era Bartholomew, era Basket, qué era?, exigió saber. Pero la habitación estaba vacía. Nadie le contestó, a menos que el goteo de la lluvia en la hiedra pudiera tomarse por respuesta.

Mientras tanto, al estar de pie junto a la ventana, cobró conciencia de un extraordinario cosquilleo y una vibración por todo su cuerpo, como si estuviera hecha de mil cuerdas sobre las cuales una brisa o unos dedos errantes estuvieran tocando escalas. Ahora le hormigueaban los dedos de los pies; ahora la médula. Tenía las sensaciones más extrañas en los huesos de los muslos. Sus cabellos parecían erizarse. Sus brazos cantaban y vibraban como los cables del telégrafo cantarían y vibrarían dentro de veinte años más o menos. Pero toda esta agitación pareció concentrarse al fin en sus manos; y luego en una mano, y después en un dedo de esa mano, y finalmente contraerse de modo que formó un anillo de sensibilidad temblorosa alrededor del segundo dedo de la mano izquierda. Y cuando lo alzó para ver qué causaba esta agitación, no vio nada; nada salvo la enorme y solitaria esmeralda que la reina Isabel le había regalado. ¿Y no era eso suficiente?, preguntó. Era de la mejor agua. Valía diez mil libras al menos. La vibración pareció, del modo más extraños (pero

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