Imaginaba que las habitaciones se iluminaban al entrar ella; se agitaban, abrían los ojos como si hubieran estado dormitando en su ausencia. Imaginaba también que, por cientos y miles de veces que las hubiera visto, nunca parecían las mismas dos veces, como si una vida tan larga como la suya hubiera guardado en ellas una miríada de estados de ánimo que cambiaban con el invierno y el verano, el tiempo luminoso y el oscuro, y sus propias fortunas y el carácter de la gente que las visitaba. Educadas, lo eran siempre con los extraños, pero un poco cansadas; con ella, se mostraban totalmente abiertas y a sus anchas. ¿Por qué no, en verdad? Se conocían desde hacía cerca de cuatro siglos ya. No tenían nada que ocultar. Ella conocía sus penas y alegrías. Sabía qué edad tenía cada parte de ellas y sus pequeños secretos —un cajón oculto, un armario escondido, o alguna deficiencia quizás, como una parte rehecha o añadida más tarde—. Ellas también la conocían en todos sus estados de ánimo y cambios. No les había ocultado nada; había acudido a ellas como muchacho y mujer, llorando y bailando, meditabunda y alegre. En este asiento de ventana había escrito sus primeros versos; en esa capilla se había casado. Y sería enterrada aquí, reflexionaba, arrodillada en el alféizar de la galería larga y sorbiendo su vino español. Aunque apenas podía imaginárselo, el cuerpo del leopardo heráldico formaría charcos amarillos en el suelo el día en que la bajaran a yacer entre sus antepasados. Ella, que no creía en ninguna inmortalidad, no podía evitar sentir que su alma iría y vendría por siempre con los rojos en los paneles y los verdes en el sofá. Pues la habitación —se había paseado hasta el dormitorio del Embajador— brillaba como una concha que ha yacido en el fondo del mar durante siglos y ha quedado recubierta de costras y pintada de un millón de tintes por el agua; era rosa y amarilla, verde y color de arena. Era frágil como
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