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I

Sea como fuere, no habían transcurrido dos años de esta apacible vida en el campo, y Orlando no había escrito quizás más de veinte tragedias, una docena de obras históricas y una veintena de sonetos, cuando llegó un recado de que debía presentarse ante la Reina en Whitehall.

—Aquí —dijo, viéndole avanzar por la larga galería hacia ella—, ¡viene mi inocente!

(Había en él una serenidad constante que tenía aspecto de inocencia cuando, técnicamente, la palabra ya no era aplicable.)

«¡Ven!», dijo. Estaba sentada muy erguida junto al fuego. Y lo detuvo a un pie de distancia y lo contempló de arriba a abajo. ¿Estaba cotejando sus conjeturas de la otra noche con la verdad ahora visible? ¿Encontraba sus sospechas justificadas? Ojos, boca, nariz, pecho, caderas, manos: los repasó de un vistazo; los labios le temblaron visiblemente mientras miraba; pero cuando le vio las piernas, soltó una carcajada. Era la viva imagen de un noble caballero. ¿Pero por dentro? Clavó en él sus ojos

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