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III

Fue al final del gran ayuno de Ramadán cuando llegaron la Orden del Baño y el título de nobleza en una fragata al mando de Sir Adrian Scrope; y Orlando aprovechó la ocasión para ofrecer un banquete más espléndido que cualquier otro conocido antes o después en Constantinopla.

La noche era hermosa; la multitud inmensa y las ventanas de la Embajada, brillantemente iluminadas.

Nuevamente, faltan los detalles, pues el fuego hizo estragos en todos los registros de ese tipo y solo ha dejado fragmentos tentadores que dejan oscuros los puntos más importantes.

Del diario de John Fenner Brigge, sin embargo, un oficial naval inglés que se encontraba entre los invitados, deducimos que personas de todas las nacionalidades «estaban apiñadas como sardinas en barrica» en el patio.

La multitud presionaba de forma tan desagradable que Brigge no tardó en trepar a un árbol del amor, para observar mejor los acontecimientos. Entre los nativos había corrido el rumor (y he aquí una prueba adicional del misterioso poder de Orlando sobre la imaginación) de que iba a realizarse algún tipo de milagro.

“Así pues —escribe Brigge (pero su manuscrito está lleno de quemaduras y agujeros, y algunas frases son totalmente ilegibles)—, cuando los cohetes comenzaron a elevarse en el aire, cundió una considerable inquietud entre nosotros, no fuera a ser que la población nativa se viera presa de⁠ ⁠… cargado de desagradables consecuencias para todos⁠ ⁠… habiendo damas inglesas en la compañía, confieso que mi mano fue a parar al sable. Por fortuna —continúa en su estilo un tanto verboso—, estos temores parecieron infundados por el momento y, al observar el comportamiento de los nativos⁠ ⁠… llegué a la conclusión de que esta

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