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Capítulo II

Se llenaron, además, con la más extraña variedad de objetos. Pues no solo se vio enfrentado a problemas que han desconcertado a los más sabios de los hombres, tales como ¿Qué es el amor? ¿Qué es la amistad? ¿Qué es la verdad?, sino que, en cuanto se ponía a pensar en ellos, todo su pasado, que le parecía de una extensión y variedad extremas, se precipitaba en el segundo que caía, lo hinchaba una docena de veces más allá de su tamaño natural, lo teñía de mil matices y lo llenaba con todo el desván de baratijas del universo.

En semejante pensamiento (o como quiera que deba llamarse) pasó meses y años de su vida.

No sería exageración decir que salía después de desayunar convertido en un hombre de treinta años y volvía a cenar convertido en un hombre de cincuenta y cinco al menos. Algunas semanas añadían un siglo a su edad, otras no más de tres segundos a lo sumo.

En conjunto, la tarea de calcular la duración de la vida humana (de la de los animales presumimos no hablar) supera nuestra capacidad, pues apenas decimos que es larguísima como los siglos, se nos recuerda que es más breve que la caída de la hoja de una rosa al suelo.

De las dos fuerzas que alternativamente, y lo que es más confuso aún, al mismo tiempo, dominan nuestras desafortunadas molleras —la brevedad y la diuturnidad—, Orlando se hallaba a veces bajo la influencia de la deidad de patas de elefante, otras de la mosca de alas de mosquito.

La vida se le antoja de una longitud prodigiosa. Y, aun así, pasa en un abrir y cerrar de ojos. Pero incluso cuando se alargaba al máximo y los momentos se hinchaban al máximo y parecía deambular a solas por desiertos de vasta eternidad, no había tiempo para alisar y descifrar aquellos pergaminos densamente tachonados que treinta años entre hombres y mujeres habían enrollado con fuerza en su corazón y en su cerebro.

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