- Aparecieron las alfombras; * se dejaron crecer las barbas; * los pantalones se abrocharon ajustados bajo el empeine. El frío que sintió en las piernas el hidalgo rural no tardó en trasladarlo a su casa; los muebles se cubrieron con fundas; las paredes y las mesas se taparon; no quedó nada al descubierto. Entonces un cambio de dieta se volvió indispensable. Se inventó el muffin y el crumpet. El café desplazó al oporto de sobremesa, y como el café condujo a un salón donde tomarlo, y el salón a vitrinas, y las vitrinas a flores artificiales, y las flores artificiales a repisas de chimenea, y las repisas de chimenea a pianillos, y los pianillos a baladas de salón, y las baladas de salón (saltándose un par de etapas) a innumerables perritos, alfombrillas y adornos de porcelana, el hogar —que había adquirido una importancia extrema— quedó
Afuera de la casa—era otro efecto de la humedad—, la hiedra crecía con una profusión sin par. Las casas que habían sido de piedra desnuda aparecían sepultadas bajo la frondosidad. Ningún jardín, por muy formal que fuera su diseño original, carecía de matorrales, de zonas silvestres, de laberintos. La luz que lograba penetrar en los dormitorios donde nacían los niños era, como era natural, de un verde turbio, y la luz que penetraba en los salones donde vivían los hombres y las mujeres hechos y derechos atravesaba cortinajes de felpa marrón y púrpura. Pero el cambio no se detenía en las cosas externas. La humedad calaba hasta el interior. Los hombres sentían el frío en el corazón; la humedad en la mente. En un esfuerzo desesperado por arropar sus sentimientos con una pizca de calor, se ensayaba un subterfugio tras otro. El amor, el nacimiento y la muerte aparecían envueltos en una variedad de frases altisonantes. Los sexos se alejaban cada vez más el uno del otro. No se toleraba ninguna conversación abierta. Las evasivas y los ocultamientos se practicaban con esmero por ambas partes. Y del mismo modo que la hiedra y la hoja