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IV. Orlando

Orlando sorbió el vino y el Archiduque se arrodilló y le besó la mano.

En resumen, hicieron los papeles de hombre y mujer durante diez minutos con gran vigor y luego cayeron en la charla natural. La archiduquesa (pero en adelante habrá de ser conocida como el archiduque) contó su historia: que era un hombre y que siempre lo había sido; que había visto un retrato de Orlando y se había enamorado perdidamente de él; que para lograr sus fines se había vestido de mujer y se había hospedado en la tienda del panadero; que estaba desconsolado cuando huyó a Turquía; que se había enterado de su cambio y se había apresurado a ofrecerle sus servicios (aquí rió y soltó risitas insoportablemente). Pues para él, dijo el archiduque Harry, ella era y sería siempre la Rosa, la Perla, la Perfección de su sexo. Las tres p de su disquisición habrían sido más persuasivas de no haber estado entremezcladas con risitas y carcajadas de la especie más extraña. «Si esto es el amor», se dijo Orlando a sí misma, mirando al archiduque al otro lado de la rejilla de la chimenea, y ahora desde el punto de vista de la mujer, «tiene algo sumamente ridículo».

Cayendo de hinojos, el archiduque Harry le hizo la más apasionada declaración de amor.

Le dijo que tenía algo así como veinte millones de ducados en una caja fuerte en su castillo.

Poseía más acres que ningún noble en Inglaterra.

La caza era excelente; podía prometerle una mezcla de perdiz nival y urogallo que ningún brezal inglés, ni escocés tampoco, podía igualar.

Es verdad que los faisanes habían sufrido de la gavera en su ausencia, y las gamas habían abortado, pero eso podía remediarse, y así se haría con su ayuda cuando vivieran juntos en Rumanía.

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