vez en su vida, de los fantasmas en los pasillos. Todas estas cosas la inclinaron, paso a paso, a someterse al nuevo descubrimiento, ya fuera de la reina Victoria o de otro, de que a cada hombre y a cada mujer se le ha asignado otro de por vida, a quien sustenta, por quien es sustentado, hasta que la muerte los separe. Sería un consuelo, sentía, apoyarse; sentarse; sí, tumbarse; no volver, no volver, no volver jamás a levantarse. Así obró en ella el espíritu, a pesar de todo su orgullo pasado, y a medida que descendía por la escala de las emociones hasta este modesto e insólito alojamiento, aquellos tañidos y tintineos tan caprichosos e interrogativos se modularon en las más dulces melodías, hasta que pareció como si los ángeles tocaran las cuerdas de un arpa con dedos blancos y todo su ser se viera invadido por una armonía seráfica.
Pero ¿en quién podía apoyarse? Le hizo esa pregunta a los salvajes vientos de otoño.
Pues ya era octubre, y húmedo como de costumbre.
- Ni en el Archiduque; se había casado con una dama muy principal y llevaba muchos años cazando liebres en Rumanía;
- ni en el señor M.; se había hecho católico;
- ni en el Marqués C.; hacía sacos en Botany Bay;
- ni en Lord O.; hacía tiempo que era pasto de los peces.
De un modo u otro, todos sus viejos amigos se habían marchado ya, y las Nells y los Kits de Drury Lane, por mucho que ella los estimara, difícilmente servían para apoyarse.
—¿En quién —preguntó, levantando los ojos hacia las nubes giratorias, juntando las manos mientras se arrodillaba en el alféizar de la ventana y adoptando la viva imagen de la feminidad suplicante al hacerlo— puedo apoyarme?