poco fiable de la verdad que tenía ante los ojos y bien podría haber confundido una oveja con una vaca, o a un viejo llamado Smith con uno que se llamaba Jones y no guardaba con él parentesco alguno. Pues la sombra de desmayo que el pulgar sin uña había proyectado se había ahondado ahora, en la parte posterior de su cerebro (que es la más alejada de la vista), en un estanque donde las cosas habitan en una oscuridad tan profunda que apenas sabemos lo que son. Miró entonces hacia lo fondo de este estanque o mar en el que todo se refleja —y, de hecho, hay quienes dicen que todas nuestras pasiones más violentas, y el arte y la religión, son los reflejos que vemos en el hueco oscuro de la nuca cuando el mundo visible se oscurece por un momento—. Miró allí ahora, largamente, hondo, profundamente, y de inmediato el sendero de helechos cuesta arriba por el que caminaba dejó de ser enteramente un sendero para convertirse en parte en el Serpentine; los espinos eran en parte damas y caballeros sentados con tarjeteros y bastones con empuñadura de oro; las ovejas eran en parte altas casas de Mayfair; todo era en parte alguna otra cosa, como si su mente se hubiera convertido en un bosque con claros que se bifurcaban aquí y allá; las cosas se acercaban, se alejaban, se mezclaban y se separaban y hacían las más extrañas alianzas y combinaciones en un incesante claroscuro. Salvo cuando Canuto, el alano, perseguía un conejo y le recordaba así que debían de ser más o menos las cuatro y media —en realidad eran las seis menos veintisiete—, se olvidó de la hora.
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