una pulgada de plata —seis palabras— en el fondo de la red. Pero nunca el gran pez que vive en los corrales de coral”. Aquí inclinó la cabeza, sumida en profundos pensamientos.
Y fue en este momento, cuando había dejado de llamar a «Orlando» y estaba absorta en los pensamientos de alguna otra cosa, cuando el Orlando a quien había llamado acudió por su propia voluntad; como lo demostró el cambio que ahora se operó en ella (había cruzado las puertas de la entrada y estaba entrando en el parque).
Todo su ser se oscureció y se aquietó, como cuando se le añade a una superficie una lámina cuya incorporación le otorga redondez y solidez, de modo que lo somero se vuelve profundo y lo cercano, distante; y todo queda contenido como el agua queda contenida por las paredes de un pozo.
Así estaba ella ahora, oscurecida, aquietada y convertida, con la incorporación de este Orlando, en lo que se llama, con acierto o sin él, un yo único, un yo real.
Y se quedó en silencio. Pues es probable que cuando la gente habla en voz alta, los yoes (de los cuales puede haber más de dos mil) son conscientes de la separación y tratan de comunicarse, pero cuando se establece la comunicación, enmudecen.