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IV. Orlando

Jamás obra alguna había resultado tan absorbente. Le entraron ganas de gritar: ¡Bravo! ¡Bravo! Porque, a decir verdad, ¡qué drama tan magnífico era aquel—qué página arrancada del más grueso volumen de la vida humana! Ahí estaba la pequeña sombra de labios pucherosos, agitándose de un lado a otro en su silla, inquieta, petulante, officiosa; ahí estaba la sombra femenina encorvada, arqueando un dedo en la taza para tantear cuán hondo estaba el té, pues era ciega; y ahí estaba la sombra imponente de perfil romano en el gran sillón—aquel que se torcía los dedos de un modo tan extrañísimo y sacudía la cabeza de lado a lado y se tragaba el té en enormes sorbos. Dr. Johnson, Mr. Boswell y Mrs. Williams—esos eran los nombres de las sombras. Tan absorta estaba en el espectáculo, que se olvidó de pensar en cómo otras épocas la habrían envidiado, aunque parece probable que en esta ocasión lo hubieran hecho. Se conformaba con mirar y mirar. Al fin Mr. Boswell se levantó. Saludó a la anciana con aspereza picante. ¡Pero con qué humildad no se abatió ante la gran sombra romana, que ahora se erguía en toda su altura y, tambaleándose un tanto al par que permanecía allí, prodigaba con voz ronca las frases más magníficas que

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