CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 292 de 312
Table of Contents

VI

la derecha, contra la cual los papelitos caían más lentamente; y luego se tendía otra a la izquierda de modo que uno podía ver los retazos separados que ahora daban vueltas por sí mismos en el aire; y entonces se tendieron pantallas verdes de manera continua a uno y otro lado, de modo que su mente recuperó la ilusión de contener cosas dentro de sí y vio una casa de campo, un corral y cuatro vacas, todo ello exactamente a tamaño natural.

Cuando esto ocurrió, Orlando soltó un suspiro de alivio, encendió un cigarrillo y fumó un minuto o dos en silencio. Luego llamó dubitativa, como si la persona a la que buscaba pudiera no estar allí: «¿Orlando?». Pues si hay (a modo de tanteo) setenta y seis tiempos diferentes latiendo en la mente al mismo tiempo, ¿cuántas personas distintas no habrá —¡Dios nos ampare!— que se alojen en uno u otro momento en el espíritu humano? Algunos dicen que dos mil cincuenta y dos. De modo que es lo más natural del mundo que una persona exclame, en cuanto se queda sola: ¿Orlando? (si ese es el nombre de una) queriendo decir con ello: ¡Vamos, vamos! Estoy harta a más no poder de este yo en particular. Quiero otro. De ahí los asombrosos cambios que vemos en nuestros amigos. Pero tampoco es todo camino de rosas, pues aunque uno pueda decir, como dijo Orlando (estando en el campo y necesitando otro yo presumiblemente): ¿Orlando?, aun así, el Orlando que ella necesita puede no venir; estos yoes de los que estamos formados, unos encima de otros, como platos apilados en la mano de un camarero, tienen vínculos en otra parte, simpatías, pequeñas constituciones y derechos propios, como queráis llamarlos (y para muchas de estas cosas no hay nombre), de modo que uno solo vendrá si está lloviendo, otro en una habitación con cortinas verdes, otro cuando la señora Jones no está, otro si se le puede prometer una copa de vino —y así sucesivamente—; pues todo el mundo

292