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Capítulo II

había visto la inutilidad de todas ellas. El amor y la ambición, las mujeres y los poetas eran todos igualmente vanos. La literatura era una farsa. La noche después de leer La visita a un noble en el campo de Greene, quemó en una gran hoguera cincuenta y siete obras poéticas, conservando únicamente «El roble», que era su sueño de infancia y muy breve. Dos cosas solas le quedaban en las que ahora depositaba alguna confianza: los perros y la naturaleza; un cervato y un rosal. El mundo, en toda su variedad, la vida en toda su complejidad, se había reducido a eso. Los perros y un arbusto eran todo ello. Así, sintiéndose libre de una vasta montaña de ilusiones, y muy desnudo como consecuencia, llamó a sus sabuesos y marchó a grandes zancadas por el Parque.

Tan retirado había estado, escribiendo y leyendo, que medio había olvidado las amenidades de la naturaleza, que en junio pueden ser grandes.

Cuando llegó a aquel alto monículo desde donde en los días despejados se puede divisar la mitad de Inglaterra, con una porción de Gales y de Escocia de propina, se tiró bajo su roble favorito y sintió que, si no volvía a hablar con ningún otro hombre o mujer en lo que le quedaba de vida; si sus perros no desarrollaban la facultad del habla; si jamás volvía a encontrarse con un poeta o una princesa, podría apañárselas los años que le quedasen con un contenido tolerable.

Aquí venía, pues, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Vio a los hayas volverse dorados y a los helechos jóvenes desplegarse; vio a la luna en hoz y luego circular; vio —pero probablemente el lector pueda imaginar el pasaje que debería seguir y cómo cada árbol y planta de

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