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IV. Orlando

alrededor eran hojas de plata; o bien, el espejo era agua verde, y ella una sirena, ceñida de perlas, una sirena en una cueva, cantando de modo que los remeros se inclinaban desde sus barcos y caían, caían para abrazarla; tan oscura, tan brillante, tan dura, tan blanda era ella, tan asombrosamente seductora que era una verdadera lástima que no hubiera nadie allí para decirlo sin rodeos, y afirmar sin ambages: «Maldita sea, señora, usted es la hermosura encarnada», lo cual era la verdad. Aun Orlando (que no tenía vanidad de su persona) lo sabía, pues esbozó la sonrisa involuntaria que esbozan las mujeres cuando su propia belleza, que no parece suya, se forma como una gota que cae o una fuente que brota y se les presenta de repente en el espejo— esta sonrisa esbozó y luego escuchó por un momento y solo oyó las hojas agitarse y los gorriones piar, y entonces suspiró: «La vida, un amante», y luego dio media vuelta con extraordinaria rapidez; se arrancó las perlas del cuello, se despojó de los satenes de la espalda, se quedó erguida con los pulcros bombachos de seda negra de un noble cualquiera, y tocó la campanilla.

Cuando llegó la criada, le mandó que ordenara que tuvieran listo un carruaje con seis caballos al

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