costumbre de alojarse en los más descangallados despojos y, a menudo, ay, actúa como caníbal entre las demás facultades, de modo que con frecuencia, allí donde la Mente es más grande, el Corazón, los Sentidos, la Magnanimidad, la Caridad, la Tolerancia, la Amabilidad y todos los demás apenas tienen espacio para respirar. Luego, la alta opinión que los poetas tienen de sí mismos; después, la baja que tienen de los demás; a continuación, las enemistades, ultrajes, envidias y réplicas en las que viven enfrascados; después, la verbosidad con la que los transmiten; más tarde, la rapacidad con la que exigen simpatía por ellos; todo esto, podemos susurrarlo no sea que los ingenios nos oigan, convierte el acto de servir el té en una ocupación más precaria y, en verdad, ardua de lo que comúnmente se admite. A lo que se añade (susurramos de nuevo para que las mujeres no nos oigan) un pequeño secreto que los hombres comparten entre ellos; lord Chesterfield se lo susurró a su hijo con estricta orden de secreto: «Las mujeres no son más que niños mayores. […] Un hombre sensato solo bromea con ellas, juega con ellas, las complace y las halaga»; lo cual, puesto que los niños siempre se enteran de lo que no deben y a veces, incluso, crecen, puede haberse filtrado de algún modo, de suerte que toda la ceremonia de servir el té resulta de lo más curiosa. Una mujer sabe muy bien que, aunque un ingenio le envíe sus poemas, alabe su criterio, solicite sus críticas y se beba su té, esto no significa en absoluto que respete sus opiniones, admire su entendimiento o se niegue, a falta del florete, a atravesarle el corazón con la pluma. Todo esto, decimos, susurrándolo tan bajito como podamos, puede haberse filtrado ya; de modo que, aun con la jarra de crema suspendida y las pinzas del azúcar abiertas, las damas pueden inquietarse un poco, mirar un poco por la ventana, bostezar un poco y dejar caer así el azúcar con un gran chapoteo —como hizo Orlando ahora— en el té del señor Pope.
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IV. Orlando
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