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IV. Orlando

En verdad, Orlando estaba al borde de la desesperación sobre qué hablar y, de no habérsele ocurrido un juego llamado Fly Loo, en el que se pueden perder grandes sumas de dinero con muy poco esfuerzo de espíritu, se habría visto obligada a casarse con él, según creía; pues no sabía de qué otra forma quitárselo de encima.

Mediante este ardid, sin embargo —y era uno sencillo, que solo requería tres terrones de azúcar y una cantidad suficiente de moscas—, se superó el apuro de la conversación y se evitó la necesidad del matrimonio. Pues ahora el archiduque le apostaba quinientas libras contra un penique a que una mosca se posaría en este terrón y no en aquel.

De este modo, tenían ocupación para toda una mañana observando a las moscas (que naturalmente estaban perezosas en aquella estación y a menudo pasaban una hora más o menos dando vueltas alrededor del techo) hasta que por fin algún hermoso cállabro hacía su elección y la partida se ganaba. Muchos cientos de libras cambiaban de manos entre ellos en este juego, del cual el archiduque,

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