—Rechazar y ceder —murmuró—, qué deleite; perseguir y conquistar, qué augusto; percibir y razonar, qué sublime.
Ninguna de estas palabras así unidas le parecía incorrecta; sin embargo, a medida que los acantilados calcáreos se perfilaban más cerca, se sintió culpable; deshonrada; impúdica, lo cual, para alguien que nunca le había dedicado un pensamiento al asunto, resultaba extrañador.
Más y más se acercaban, hasta que los recolectores de hinojo marino, colgados a mitad del acantilado, se veían a simple vista. Y al observarlos, sintió, correteando en su interior de arriba abajo, como un fantasma burlón que en otro instante se alzará las faldas y desaparecerá pavoneándose, a Sasha la perdida, a Sasha el recuerdo, cuya realidad acababa de comprobar de forma tan sorprendente —Sasha, sintió, haciendo muecas y gestos burlones y dedicando toda clase de desplantes a los acantilados y a los recolectores de hinojo marino—; y cuando los marineros empezaron a entonar: «Y un adiós y una despedida a vosotras, Damas de España», las palabras resonaron en el triste corazón de Orlando, y sintió que, por mucho que desembarcar allí significara comodidad, opulencia, importancia y rango (pues sin duda atraparía a algún noble príncipe y reinaría, como su consorte, sobre medio Yorkshire), aun así, si eso significaba convencionalismos, esclavitud, engaño, negar su amor, encadenar sus miembros, fruncir los labios y refrenar la lengua, entonces daría media vuelta con el barco y zarparía una vez más hacia el país de los gitanos.
Entre el tropel de estos pensamientos, sin embargo, surgió entonces, como una cúpula de mármol blanco y liso, algo que, fuera realidad o fantasía, impresionó de tal modo su calenturienta imaginación que se posó en ello tal como se ha visto a un enjambre de libélulas vibrantes posarse, con aparente satisfacción, sobre la campana de cristal que protege algún tierno vegetal.