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IV. Orlando

alguien que no estaba allí para contradecirla volvió a mostrar el desarrollo de su alma)—, te equivocabas. Esto es mejor que Turquía. Pelo, pastelería, tabaco... ¡de qué baratijas y retazos estamos compuestas! —dijo (pensando en el libro de oraciones de la reina María)—. ¡Qué fantasmagoría es la mente y qué punto de encuentro de elementos dispares! En un momento lamentamos nuestro nacimiento y condición y aspiramos a una exaltación ascética; al siguiente nos vence el olor de algún viejo sendero de jardín y lloramos al oír cantar a los tordos.

Y así, desconcertada como de costumbre por la multitud de cosas que exigen explicación e imprimen su mensaje sin dejar la menor pista sobre su significado, tiró su puro por la ventana y se fue a la cama.

A la mañana siguiente, conforme a estos pensamientos, sacó pluma y papel, y se puso de nuevo con «El roble», pues tener tinta y papel en abundancia cuando uno se ha apañado con bayas y márgenes es un deleite que no se puede concebir.

Así estaba ora tachando una frase en lo más hondo de la desesperación, ora escribiendo otra en las cumbres del éxtasis, cuando una sombra oscureció la página. Ocultó apresuradamente su manuscrito.

Como su ventana daba al más céntrico de los patios, como había dado orden de no recibir a nadie, como no conocía a nadie y era ella misma legalmente una desconocida, se sintió primero sorprendida por la sombra, luego indignada y después (cuando levantó la vista y vio lo que la causaba) invadida por la hilaridad. Pues era una sombra familiar, una sombra grotesca, la sombra de nada menos que la archiduquesa Harriet Griselda de Finster-Aarhorn y Scand-op-Boom, en territorio rumano. Cruzaba el patio a grandes zancadas con su viejo hábito de montar negro y su mantilla, tal como antes. Ni un solo cabello de su cabeza había cambiado.

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