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Capítulo II

Cómo pasaba el tiempo, nadie lo sabía del todo.

Los sirvientes, de los cuales mantenía una comitiva completa, aunque gran parte de su labor consistiera en limpiar el polvo de habitaciones vacías y alisar las colchas de camas en las que nunca se dormía, observaban, en la oscuridad de la tarde, mientras cenaban sus pasteles y cerveza, una luz que se desplazaba por las galerías, a través de los salones de banquetes, por las escaleras y hacia los dormitorios, y sabían que su amo deambulaba solo por la casa.

Nadie se atrevía a seguirlo, pues la casa estaba habitada por una gran variedad de fantasmas, y su vastedad hacía fácil perderse y caer por alguna escalera oculta o abrir una puerta que, de cerrarse de golpe con el viento, lo encerraría a uno para siempre; accidentes que no eran nada raros, como lo evidenciaba el frecuente descubrimiento de esqueletos de hombres y animales en posturas de gran agonía.

Luego la luz se perdía por completo, y la señora Grimsditch, el ama de llaves, le decía al señor Dupper, el capellán, cómo esperaba que Su Señoría no hubiera sufrido algún grave accidente. El señor Dupper opinaba que Su Señoría estaba de rodillas, sin duda, entre las tumbas de sus antepasados en la Capilla, la cual se hallaba en el Patio de la Mesa de Billar, a media milla de distancia hacia el lado sur. Pues tenía pecados en su conciencia, temía el señor Dupper; a lo cual la señora Grimsditch replicaba, con bastante acidez, que también los teníamos la mayoría de nosotros; y la señora Stewkley y la señora Field y la vieja nodriza Carpenter alzarían todas sus voces en alabanza de Su Señoría; y los mozos de cuadra y los mayordomos juraban que era una verdadera lástima ver a un noble tan apuesto deambular por la casa

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