imaginarse las frases que siguieron; y figurarse el deleite de Orlando cuando, en poco tiempo, el señor Greene manifestó su aceptación de la invitación del noble lord; ocupó su lugar en la carroza y fue bajado en el vestíbulo al sur del edificio principal puntualmente a las siete en punto del lunes veintiuno de abril.
Muchos Reyes, Reinas y Embajadores habían sido recibidos allí; Jueces habían permanecido allí con sus armiños. Las damas más encantadoras del país habían acudido allí; y los más severos guerreros.
Colgaban allí estandartes que habían estado en Flodden y en Azincourt. Se exhibían los escudos de armas pintados con sus leones y sus leopardos y sus coronas.
Estaban las largas mesas donde se colocaba la vajilla de oro y plata; y allí las vastas chimeneas de mármol italiano labrado donde cada noche un roble entero, con su millón de hojas y sus nidos de grajo y de reyezuelo, era reducido a cenizas.
Nicholas Greene, el poeta, se encontraba allí ahora, vestido sobriamente con su sombrero flexible y su jubón negro, llevando en una mano una pequeña bolsa.