única luz que no se apaga jamás. De no ser por vos, la peregrinación humana se realizaría en la más absoluta oscuridad» (aquí el carruaje dio un gran bandazo al caer en un bache de Park Lane); «sin el genio estaríamos perdidos y arruinados. Rayo más augusto, más lúcido» —así apostrofaba al bulto del cojín cuando pasaron bajo una de las farolas de Berkeley Square y se dio cuenta de su error. El señor Pope no tenía una frente mayor que la de cualquier otro hombre. «Desdichado hombre —pensó—, ¡cómo me has engañado! Tomé aquel bulto por tu frente. Cuando se te ve con claridad, ¡qué ignoble, qué despreciable eres! Deforme y enfermizo, no hay nada en ti que venerar, mucho que compadecer y muchísimo que despreciar».
De nuevo se quedaron en la oscuridad y su enfado se mitigó en cuanto no pudo ver más que las rodillas del poeta.
“Pero la miserable soy yo —pensó una vez que volvieron a quedar en la más completa oscuridad—, pues, por muy vil que tú seas, ¿no soy yo todavía más vil? Eres tú quien me alimenta y me protege, tú quien