Así pues, habiendo llevado faldas ya durante bastante tiempo, se apreciaba en Orlando cierto cambio que puede advertirse, si el lector se fija en la lámina 5, incluso en su rostro. Si comparamos el retrato de Orlando como hombre con el de Orlando como mujer, veremos que, aunque ambos son sin duda una y la misma persona, hay ciertos cambios. El hombre tiene la mano libre para empuñar su espada; la mujer debe usar la suya para evitar que los satenes se le deslicen de los hombros. El hombre mira al mundo cara a cara, como si estuviera hecho para sus usos y moldeado a su gusto. La mujer le echa una mirada de soslayo, llena de sutileza, incluso de recelo. De haber llevado ambos la misma ropa, es posible que su perspectiva hubiera sido la misma.
Esa es la opinión de algunos filósofos y sabios, pero, en conjunto, nosotros nos inclinamos por otra. La diferencia entre los sexos es, por fortuna, de gran profundidad. La ropa no es más que el símbolo de algo oculto muy en lo hondo. Fue un cambio en la propia Orlando el que dictó su elección de un vestido de mujer y de un sexo femenino. Y quizá en esto no hacía más que expresar de un modo un poco más abierto de lo habitual —la franqueza era en verdad el