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VI

el estrés, el cambio y la actividad les resultan repugnantes. Tal vez, pensó Orlando, mirando los rostros majestuosos e inmóviles, su tiempo de propagación ha terminado; este es el fruto; esta es la consumación. Lo que ahora contemplaba era el triunfo de una época. Rollizos y espléndidos, allí estaban sentados. Pero entonces, el policía dejó caer la mano; la corriente se volvió líquida; la masiva amalgama de objetos espléndidos se movió, se dispersó y desapareció en Piccadilly.

Así que cruzó Park Lane y fue a su casa en Curzon Street donde, cuando la reina de los prados florecía allí, podía recordar el reclamo de los zarapitos y a un anciano con una escopeta.

Podía recordar, pensó, al cruzar el umbral de su casa, cómo lord Chesterfield había dicho... pero su memoria se detuvo. Su discreto recibidor del siglo XVIII, donde podía ver a lord Chesterfield dejando el sombrero aquí y el abrigo allá con una elegancia de porte que era un placer contemplar, estaba ahora completamente repleto de paquetes. Mientras había estado sentada en Hyde Park, el librero le había enviado su pedido, y la casa estaba abarrotada —había paquetes que resbalaban por la escalera— con toda la literatura victoriana envuelta en papel gris y cuidadosamenteatada con cordel. Llevó a su habitación tantos paquetes como pudo, ordenó a los lacayos que subieran el resto y, cortando rápidamente innumerables cordeles, no tardó en verse rodeada de innumerables volúmenes.

Acostumbrada a las pequeñas literaturas de los siglos XVI, XVII y XVIII, Orlando quedó consternada por las consecuencias de su mandato. Pues, por supuesto, para los propios victorianos la literatura victoriana no significaba meramente cuatro nombres grandes, separados y distintos, sino cuatro nombres grandes sumergidos e incrustados en una masa de

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