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I

con rapidez, las nubes blancas se habían vuelto rojas, las colinas eran violeta, los bosques púrpuras, los valles negros—, sonó una trompeta. Orlando dio un salto. El sonido estridente provenía del valle. Venía de un punto oscuro allá abajo; un punto compacto y trazado en un plano; un laberinto; una ciudad, aunque ceñida por murallas; venía del corazón de su propia gran mansión en el valle, la cual, oscura un momento antes, incluso mientras él miraba y la trompeta solitaria se duplicaba y reduplicaba con otros sonidos más agudos, perdió su oscuridad y se vio atravesada por luces. Unas eran luces pequeñas y apresuradas, como si los sirvientes corrieran por los pasillos para responder a las llamadas; otras eran luces altas y lustrosas, como si ardieran en salones de banquetes vacíos preparados para recibir a invitados que no habían venido; y otras se inclinaban y agitaban, descendían y ascendían, como si fueran sostenidas en las manos de cuadrillas de criados que se inclinaban, arrodillaban, levantaban, recibían, custodiaban y escoltaban con toda dignidad hacia el interior a una gran Princesa que descendía de su carroza. Los carruajes giraban y daban vueltas en el patio. Los caballos sacudían sus penachos. La Reina había llegado.

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